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Las cofradías: un modelo de vida, de religión y un elemento de cohesión social

José Luis Alonso Ponga es profesor de Antropología Social y, desde 1993, director de la cátedra de estudios sobre la Tradición en la Universidad de Valladolid.  Autor de numerosas publicaciones, sus líneas de investigación son el patrimonio cultural y desarrollo rural, la religiosidad popular y el multiculturalismo, y la transculturalidad.
El profesor Ponga es director del Centro Internacional de Estudios de Religiosidad Popular: la Semana Santa. Hemos hablado con él aprovechando una estancia de investigación en Roma. Se entusiasma cuando la conversación versa sobre la religiosidad popular y sus manifestaciones en lugares tan variados como Puglia, Zamora, Roma o Nueva York. En su opinión, las cofradías pueden ser hoy un importante elemento de cohesión social y unión fraterna.

-¿Cuál es el papel de las Cofradías hoy con respecto a la Nueva Evangelización del continente europeo?
Las cofradías son importantes porque tienen en sí, en germen, los grandes principios del cristianismo, la solidaridad primera. La palabra misma, “cum-fratribus”, significa “con los hermanos”. Los cofrades tienen un enorme capital de fundación y de creación; actualizarlo es la base de todo. Para qué quiero yo una ONG si lo tengo aquí, no como una organización de beneficencia en la cual damos limosna, sino como una convivencia y una unión de amistad, de espiritualidad, de caridad. Si hubiese un pequeño fermento serio en cada una de las cofradías, volverían a ser otra vez lo que fueron en su origen.
A mí no me sorprende que las personas que no son creyentes o se declaran agnósticas, participen en la procesión y lo hagan religiosamente, porque en la celebración “confraternal” hay un elemento muy importante  que es el recuerdo de los antepasados. Hay dos palabras interesantes: “rememorar” y “recordar”. Rememorar es volver a traer otra vez a la memoria, mientras que recordar es volver a pasar por el corazón. Yo iba de pequeño con mi padre a los oficios, y ahora en Semana Santa al menos un día tengo que escaparme al pueblo. Y si no estoy allí, al menos mi familia, mis antepasados vuelven a estar conmigo. Eso no son cosas de paganos. Hablamos de la familia, que es la base de todo.
Aunque los cofrades sean mil y pico y se reúnan sólo una vez al año, van allá porque hay vivencias interiores. Todos los que participan me dicen: “tú no sabes lo que es esto”. Estamos hablando de unas raíces ontológicas basadas en vivencias religiosas. Y, ¿qué es la religión? El reconocimiento por parte del individuo de que es finito y necesita una relación con el infinito. Probablemente haya quien piense que esto no tiene sentido, pero yo opino todo lo contrario. Tienes un punto de partida para evangelizar si quieres.

-El Foro Paneuropeo se propone ofrecer una imagen renovada de las cofradías, saliendo al paso de quienes las critican por ser algo anacrónico y mostrando su aportación a ámbitos importantes como la cultura o el patrimonio cultural.
Se tiene la idea de medievalidad porque no queremos reconocer las actualizaciones que están haciendo algunas cofradías de una forma natural. Es lo que yo llamo la evolución natural de la tradición. No es necesario seguir viviendo como nos cuentan san Buenaventura o santa Brígida en sus visiones, no, nosotros tenemos que vivir en el siglo XXI. Y es importante que las cofradías se adapten a nuevos modos de hacer o pensar.
Sobre su aportación a la cultura, sin las cofradías no existiría todo el patrimonio artístico que tenemos, ni tampoco el patrimonio inmaterial que se crea continuamente en la reactivación de la puesta en escena de la cofradía. Y eso es básico: la creación del patrimonio inmaterial a partir de lo material. La cofradía en marcha es impresionante. Es imprescindible para la conservación del patrimonio.  Los pasos no están hechos para ser conservados en un museo, sino para salir a las calles.

-¿Cuáles son sus expectativas para el Foro que se realizará en Lugano?
El primer fruto podría ser el ir organizando a gente comprometida. Da igual el número. Mi última teoría es la teoría de la procesión: para organizar una procesión sólo se necesita un pendón y una cruz. Uno toma el pendón y otro la cruz, y ya verás cómo la gente te sigue. Si empezamos a discutir: pero, ¿y si no viene nadie?, no salimos nunca. Hay que empezar a andar. Vamos a ver cuántas personas quieren comprometerse: ¿cinco?, cinco, ¿veinte? veinte… serán el fermento, la levadura. Y, a partir de ahí, lo que hagamos se irá replicando en otros lugares.
Además, al organizarse en un ámbito internacional, hay más posibilidades de acción. Cuando uno sale de su pueblo puede hacer cosas que en el pueblo no hace. Viajar te permite saber lo mucho que vales tú y cuánto valen los otros. Sobrevuelas todos los intereses espurios, las rencillas. Esperaría el comienzo de una estructura que tenga las cosas claras, siempre desde una perspectiva muy abierta donde quepan todos.

-¿Sabría decirnos si entre la gente joven las cofradías gozan también de esta popularidad?
Durante los 13 años que estuve investigando la Semana Santa de Valladolid, se retomó una cofradía, la del Cristo de la Luz o de los universitarios. Había nacido en el año 40, después de la guerra civil española, con un Cristo precioso de Gregorio Fernández y estuvo hasta los años 70, cuando la universidad era un hervidero de todo menos de religión, y aquello desapareció. Pero hace 25 años volvió otra vez, pues la recuperaron unos jóvenes. Ahora mismo no son muchos, tienen unos 300 miembros. Yo hablaba con todos, hacía entrevistas y me encontré con un concepto nuevo de cofradía. ¿Por qué? Porque tenían este planteamiento: nosotros somos universitarios y somos cristianos, por lo que vamos a amalgamar, en la medida de lo posible, la cultura con la religión. En la medida en que seamos capaces de hacer un equilibrio entre cultura y religión, tendremos sentido. El día que nos vayamos hacia la cultura, no tiene sentido porque no es cofradía. El día que nos vayamos excesivamente a la religión, estaremos cayendo en un extremismo.
Lo mejor fue que nacieron con una vocación social, y es la primera vez que yo en las cofradías de Valladolid he visto auténticos planteamientos sociales desde el punto de vista cristiano. Porque el resto, hasta entonces, hacía la campaña del juguete de Navidad, la campaña del banco de alimentos, pero eso lo hace cualquier ONG. Ver una estructura de 200 o 300 personas trabajando por una idea es lo valioso; ahí es donde vi la renovación.

-¿Y cuál es el papel de las mujeres en las cofradías?
En el nacimiento de las cofradías, las mujeres entrar de pleno derecho, y se habla de cofrades y cofradas. La famosa carta de 1536 escrita por el doctor Ortiz, incluye al final un escrito del cardenal Quiñones y un vivae vocis oraculo de Pablo III, por el que el Papa concede diversas indulgencias a todos los cofrades. Y estas indulgencias están dadas a los fieles utriusque sexus, de ambos sexos. Aunque una cosa es que tú pertenezcas a la cofradía y otra es que tengas igualdad. La desigualdad está ya en la base, en la raíz porque el varón pagaba casi el doble que la mujer por entrada. Eso sí, los bienes espirituales son iguales.
Con el paso del tiempo, sobre todo después de Trento, comienzan a reunirse por separado, por un lado de hombres y por otro las mujeres. Se argumentó  que no podían juntarse, ni en la procesión, hombres y mujeres.  Ellos debían disciplinarse con un atuendo que, entre otras cosas, les cubría el rostro para preservar el anonimato del sacrificio. Ellas vestían otro atuendo típicamente femenino de la época. Al final de la procesión los hombres se reunían a para que el cirujano de la cofradía les lavase las heridas con vino y romero. Después para comer y beber, a veces en exceso. Las mujeres no asistían a estas reuniones. De manera que como es notorio cada vez fueron postergadas a puestos de segunda categoría.  Afortunadamente con la renovación y modernización actual, desde el comienzo de los años ochenta del siglo pasado, salvo raras excepciones, los derechos y deberes son los mismos para hombres y mujeres. Hay ya varias presidentas de cofradías.

-La religiosidad popular a veces es tachada de superficial. El Papa Francisco, sin embargo, ha defendido en numerosas ocasiones su importancia, como en la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, donde habla de “la necesidad de evangelizar las culturas para inculturar el Evangelio”. Tras años estudiando este tema, ¿cuál es su opinión al respecto?
Me ha alegrado mucho que el Papa Francisco hable de la piedad popular. Hace unos ocho años, cuando yo empecé a venir a Roma, las personas con las que coincidía me preguntaban qué hacía. Les comentaba que investigaba sobre la religiosidad popular y recuerdo que una vez un sacerdote me dijo: eso de la religiosidad popular, profesor, yo no sé… Le respondí que para mí la definición de religiosidad popular es cómo la gente del pueblo, la gente sencilla se relaciona con Dios y con sus santos. Me repuso que hay mucho fetichismo. Pero eso depende de lo que se entienda por fetichismo. Nosotros en antropología somos conscientes de que el hombre, cualquier persona, participa en las cosas de diferentes maneras. En el caso de la religiosidad popular, pienso por ejemplo en Juan Pablo II, que cuando estaba aquí hablaba como Papa, como cabeza de la jerarquía eclesiástica, lógicamente estaba en la religiosidad hegemónica, pero cuando iba a rezar a Czestochowa era como cualquier otro del pueblo. Practicaba una religiosidad popular. Es un ejemplo claro  de que no son excluyentes, al contrario, son complementariamente enriquecedoras.
Tuve la suerte de ir a Filipinas a la fiesta del Santo Niño de Cebú. Yo estudié con los agustinos. Ver al santo Niño llevado y bailado por toda la gente es una cosa impresionante. El día de la fiesta del Santo Niño empiezan las Misas a las cuatro de la mañana y acaban a las doce de la noche, y están siempre llenas de gente. Al final, el sacerdote o el cardenal entona una canción y bailan al Santo Niño. A mí me pareció precioso y me recordó al rey David bailando ante el arca de la alianza.

-Usted ha pasado años investigando como antropólogo la Semana Santa de Castilla. ¿Hay algún lugar que le haya quedado particularmente grabado?
Desde mi punto de vista, la mayor maravilla que en este momento hay en el mundo hispano es la Semana Santa de Bercianos de Aliste, un pueblo cerca de Portugal, en la provincia de Zamora. Yo estoy enamorado de ella. Son famosos porque la cofradía el Viernes Santo hace la procesión del entierro de Cristo. Van tapados con lo que ellos dicen que es la mortaja, que no es ni más ni menos que el antiguo traje de disciplina. Es un pueblo de unos 300 y pico habitantes, como la mayoría de los de Castilla y León, medio despoblado, pero la gente tiene su encardinación en el mundo rural, y participan en ella.
El Jueves Santo hacen la llamada procesión de la carrera. Está la iglesia abajo, en el pueblo, y arriba antaño estaba la ermita, que ya desapareció, dedicada al Cristo de la Vera Cruz. El Jueves hacen una procesión hasta arriba, hasta las cruces, y bajan otra vez con el crucifijo de la cofradía, que es del siglo XVI. En el camino, vamos subiendo y bajando cantando el Miserere, que es excepcional porque es un Miserere en el que los hombres cantan en latín y las mujeres responden en castellano. Es una paráfrasis del Miserere que hizo Manuel Azamor, arzobispo de Buenos Aires, y que dando la vuelta por el mundo, llegó hasta la zona de Aliste.
Hay una cosa interesante y es que el entierro de Cristo es el entierro de cualquier hermano, se hace con el mismo rito. Esto se ha mantenido por la fe de la gente y es una belleza. Hubo un tiempo -yo no lo he conocido pero me lo han contado los más ancianos- en que el Jueves Santo, cuando llegaban arriba, a las tres cruces, les decía el sacerdote: “salúdense y perdónense todas las rencillas del año”. Y todos los hermanos se saludaban.
Si hay alguna semana santa que puede ser patrimonio universal de la UNESCO, es esta. Porque vas a otros sitios y estás asistiendo a performance. Yo estoy allá y me encuentro dentro de esa liminalidad que decía Turner, estamos en el grupo, estamos viviendo, conviviendo. Es un modelo de vida, de religión, de convivencia. La cofradía es el elemento de cohesión social en Bercianos. Si no existiera, cada uno iría por su lado. Como se dice en mi tierra, correrían dos por tres calles y no llegaríamos a nada.

Es usted director del Centro Internacional de Estudios de Religiosidad Popular, ¿querría hablarnos de algunas de las iniciativas que se promueven desde este centro académico?
El Centro Internacional de Estudios sobre la Semana Santa está fundado en la Universidad de Valladolid, con el apoyo del ayuntamiento. Se creó para estudiar y promover la Semana Santa y aspira a ser un punto de referencia internacional. El centro tiene un director y una subdirectora, que es Pilar Panero, y un equipo de notables de diferentes universidades como La Sapienza de Roma, las universidades de Messina y Palermo, la de Braga, La Sorbona de París, y otras de Hispanoamérica.
Nos comprometemos a hacer exposiciones sobre la Semana Santa de Valladolid por el mundo. Organizamos una muestra, “Plenilunio de primavera”, sobre la Semana Santa en Valladolid y Medina del Río Seco. La hemos expuesto por primera vez en Roma, en la iglesia de Sant’Antonio dei Portoghesi, la segunda fue en Oporto, la tercera en Nuevo México, la cuarta en la Madeleine de París, y después hemos hecho en Palermo y en Vico del Gargano. Y ahora estamos pendientes de mostrarla en Lecce.
Hace dos años organizamos un congreso sobre los 500 años de las 95 tesis de Lutero. Fue muy interesante. Vinieron expertos protestantes y católicos, en un intento de ponerlos a dialogar juntos. Y este año vamos a hablar sobre el turismo y la Semana Santa. Nos gustaría que haya un par de conferencias fuertes sobre el turismo y la religiosidad, la patrimonialización, y a partir de aquí quizá se estudien casos concretos.

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